El cuidado de la vida


El cuidado de la salud, el cuidado de la vida, consiste en vivir siempre agradable y tranquilamente.

Aunque nos encolericemos, no seguir airados durante diez o veinte días.

Según el antiguo dicho, el viento sopla cada cinco días y la lluvia cae cada diez. El tiempo es variable, pero el cielo está despejado y sereno siempre.

Todo en el hombre, tanto sus enfermedades como sus emociones, vuelve naturalmente a la calma con el paso del tiempo: todo se resuelve solo.

Quien conoce el tiempo, quien conoce la naturaleza, siempre vive sosegado.

Quien se encuentra prisionero de las obligaciones y deberes no conoce que el movimiento del cielo es el de la salud.

Quien no percibe el azul del firmamento, tampoco ve el brillo del sol y hasta teme su propia sombra.

El monte es alto porque el hombre lo juzga alto. Si no elige ver las cosas de ese modo, la luna es sencillamente una piedra fría.

La profundidad del mar, la rapidez de la corriente, son solo creaciones humanas.

No existe ni lo alto ni lo profundo. Eso tan solo indica que la respiración del hombre es corta, y nada más.

Vivir, envejecer, enfermar y morir: en la medida en que el hombre siente preferencias y aversiones hacia ello, la alegría y el pesar lo alteran.

Cuando se respira con calma, tanto el nacimiento como la muerte son motivos de regocijo.

Son fenómenos al igual que el florecer y deshojarse de la flor. No merece la pena llorar o alborotar por ello.

Algunos derraman emociones y lágrimas incluso ante el abrir y marchitarse de las flores: esto es puro desasosiego.

Saber vivir serenamente, sin cultivar vanas preocupaciones acerca de asuntos de poca monta, sin dejar que la respiración se altere en cualquier situación en que uno se encuentre, esto es lo que yo llamo el cuidado de la salud.

Hay quien se deja afectar por el abrirse de la flor y el marchitarse de la hoja. Sin embargo, que florezcan o se marchiten, ¿qué son sino las flores y hojas?

La Vida, por naturaleza, no se encuentra ni en lo florecido ni en lo marchito.

Lo que florece y se marchita, otra vez florecerá y se marchitará.

Ante el florecer y marchitarse, quien comprende qué es florecer, qué es marchitarse, también entiende el cuidado de la salud.

Florecer, deshojar, marchitarse y brotar se repiten indefinidamente.

El viento cuando sopla y la lluvia cuando cae tienen su gracia. El que se pueda llorar o reír al contemplar estos fenómenos también la tiene.

Reír o llorar son colores del corazón. Cuando se sabe que son esto: colores o fenómenos, uno puede entregarse a vivir las emociones, la alegría, cólera,  tristeza o el buen humor, y disfrutar de ellas.

Envuelto en el viento si sopla, en la lluvia cuando cae, quien sabe de todos estos placeres y sabe ver el florecer y marchitarse de las cosas, también sabe cuidar de la vida.

Observando el transcurso del florecer hasta el marchitarse, quien posee una respiración pacífica sabe fijarse en lo que ni florece ni se marchita.

Esto es el cuidado de la salud.

El hombre no nace por casualidad. Quién está vivo ahora no existe por casualidad.

El Cielo y la Tierra son como un caballo. Tiene el aliento corto quien, montado en la Tierra, recorre a grandes zancadas el Universo.

Aunque respire con el Sol aunque camine con la luz, es lento.

Por otra parte, quedarse bostezando en un cuarto pequeño no forzosamente es estrechez de mente y mezquindad.

Entre contar estrellas y contar granos de arroz no hay mucha diferencia.

Considerar que el Universo es ancho o que esta Tierra es estrecha nace de un corazón encogido.

El hombre existe aquí y ahora gracias al aliento del Universo. Quien vive envuelto en este aliento no sabe su amplitud ni conoce cuán vasto es, y tampoco sabe comparar la Tierra, el Sol y el Universo.

Cuando está cansado, se acuesta sin más. Come masticando bien.

¿Tiene sed? Bebe agua. Cuando llueve, lleva paraguas.

Respira con el Universo. Camina junto con el Universo.

El Cuidado de la Vida, tal como yo lo entiendo, es algo parecido.

H. Noguchi (1945)